Me dijiste cosas que me dolieron mucho sin venir a cuento o
razón, dijiste que te sacaba de quicio, que no me querías ver… Y al día
siguiente me pediste perdón, como quien dice hola y adiós, sin tener en cuenta
a nadie excepto a ti.
¿Y acaso crees que puedo perdonar? Hago esfuerzos por
llevarme bien contigo, y tu de nuevo lo rompes todo, rompes mi sonrisa, sacas
mis lágrimas, destrozas mi corazón. Me hubiese gustado decirte que no, que ya
basta, que no te soporto más, y que te fueras al infierno… pero sabes que por
mucho mal que me hagas, siempre, y digo siempre, voy a estar detrás de ti,
queriéndote como la primera vez que te lo dije.
Fue entonces, justo antes de que me diera cuenta de la
situación, cuando advertí que solo cuatro bolas se reposaban sobre el billar:
la blanca, el ocho negro, una roja, y una verde. ¿Casualidad? No, yo prefiero
llamarlo destino.
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