Cuando una conversación para saber cómo está el otro, para saber si la persona a la que quieres está bien, la cual te debería alegrar el día con sólo escuchar su voz, termina convirtiéndose en un mar de lágrimas, y acusaciones.
Cuando no tienes más remedio que abandonarte a las palabras de perdón, pues sin ellas no seríamos nada, pues el ser humano tiene la obligación de perdonar, de ceder en ocasiones y soltar un poco de cariño contenido.
Cuando, al colgar, surgen muchas dudas, preguntas que hacen que nos comamos la cabeza, que nos consumamos poco a poco en esa soledad que deja el no estar a su lado.
Cuando crees que todo debería haber ya terminado, y que por mucho que pongas de tu parte no se va a arreglar, es cuando más tienes que poner, tienes que volver a coger el teléfono, marcar los números que de memoria te has aprendido ya, y muy despacio decir: te quiero.
Poner tu canción en común, escucharla una y otra vez y recordar lo vivido.
Ponerle dos cojones al asunto y jurar: aquí el destino no se va a salir con la suya, hoy no; tener claro que quieres seguir con aquel al que quieres, que nada ni nadie, va a podernos superar.
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