Hoy fue el primer día de instituto tras las vacaciones de navidades. Contenta al saber que acabaron y con ganas de ver a esas personas de las que me despedí en diciembre, me levanté temprano, me preparé y llegue a la primera clase.
Por todos lados había gente charlando, hablando de sus viajes, de los regalos de los tres reyes magos y de sus amores invernales. Vino bien que nos distanciáramos, por poco tiempo que fuera de los libros, de todos a los que vemos de lunes a viernes de ocho y cuarto a tres menos cuarto de la mañana, de ese horrible aunque esperado timbre que suena al terminar la clase.
Los reencuentros siempre son iguales, de hecho, este no fue distinto: abrazos a los que hemos echado de menos, un saludo educado a los que menos mal que perdimos de vista unos días, y una sonrisa con los que hemos quedado durante las fiestas. Todo el mundo parecía muy feliz.
La gente empezó a preguntarme por ti, si habíamos cortado, si te había visto, si me habías regalado algo… Ya ves, un día que creo que estaré sin pensar en ti, van ellos y escupen tu nombre a cada instante. Y así fue avanzando el día, y me arrepentí de haber deseado volver a mi aula, y como no, soñé con un viernes no muy lejano.
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